Los siete sacramentos corresponden a todas las etapas y
todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los cristianos. Hay aquí una cierta semejanza entre las etapas de la vida
natural y las etapas de la vida espiritual.
Dios está presente en la vida del hombre y lo bendice para
que pueda desarrollar su vida según el proyecto que tiene para cada uno. Hay momentos especiales en los que el hombre necesita la cercanía y la bendición de Dios. Y Dios se hace presente a través de
los sacramentos.
No son simples ceremonias. Ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del cuerpo de Cristo y a dar culto a Dios, los sacramentos no solo suponen la fe, sino que también la fortalecen, la alimentan y la expresan con palabras y acciones; por eso se llaman sacramentos de la fe. Los sacramentos nos dan o aumentan la Gracia Divina.
Son actos salvadores de Cristo: porque él es el verdadero autor, he aquí el valor del sacramento. Es Cristo quien
bautiza, perdona los pecados o comunica el Espíritu Santo. Recibir un sacramento es encontrarse personalmente con Cristo que salva.
Son actos que la Iglesia comunica: porque fueron entregados a la Iglesia por Cristo para que los administrara a
los hombres. Por lo que el sacramento debe administrarse conforme a lo establecido por la Iglesia y según sus intenciones.
Son signos sensibles: porque el hombre necesita algo material para convencerse, darse cuenta, sentir la presencia
de Dios. San Pablo nos lo recuerda «Si bien no se puede ver a Dios, podemos, sin embargo desde que él hizo el mundo, contemplarlo a través de sus obras y entender por ellas que él es eterno, poderoso
y que es Dios» (Rm 1,20) Jesucristo al instituir los sacramentos, tuvo presente esta necesidad que tiene el hombre de llegar a lo invisible a través de lo sensible.